La educación sexual inclusiva que habríamos merecido

Durante mucho tiempo, la educación sexual se redujo a unas cuantas clases incómodas sobre reproducción, infecciones de transmisión sexual y métodos anticonceptivos. Información indispensable, por supuesto, pero terriblemente incompleta.
Nos explicaron cómo evitar ciertos riesgos, pero rara vez cómo habitar nuestro cuerpo. Nos hablaron de relaciones sexuales, mucho menos de sensaciones, deseo, consentimiento o placer. Las identidades, las orientaciones, las diferencias corporales y las múltiples maneras de vivir la intimidad solían quedar fuera de la conversación.
La educación sexual inclusiva que habríamos merecido debería haber respondido a nuestras verdaderas preguntas. Las que no nos atrevíamos a formular. Las que aparecen en la adolescencia, pero también mucho más tarde, cuando el cuerpo, las relaciones y los deseos cambian.
En SoPigalle creemos que una educación sexual realmente útil no busca imponer una forma de desear o amar. Ofrece referencias para conocerse mejor, comunicarse mejor y tomar decisiones más libres.
Una educación que no se limita a la prevención
Prevenir los embarazos no deseados y las infecciones de transmisión sexual es esencial. Pero la salud sexual no se limita a la ausencia de enfermedad o peligro.
También incluye el bienestar, la confianza, la capacidad de expresar límites y la posibilidad de vivir una intimidad elegida. Supone comprender el propio cuerpo, pero también reconocer lo que nos atrae, lo que nos tranquiliza y lo que nos incomoda.
Una educación sexual inclusiva debería explicar que el deseo no siempre es espontáneo. Puede aparecer poco a poco, variar según las etapas o desaparecer temporalmente. Debería recordar que podemos amar a alguien sin desear sexualidad, sentir placer sin llegar al orgasmo o cambiar de preferencias con el tiempo.
No existe un ritmo universal ni un manual válido para todo el mundo.
Aprender a conocer el propio cuerpo
Muchas personas descubren su anatomía a través de la mirada de una pareja, de imágenes difundidas en internet o de representaciones poco realistas. Sin embargo, conocer el propio cuerpo debería ser uno de los primeros aprendizajes de la educación sexual.
Significa poder nombrar las distintas partes de la anatomía, comprender su funcionamiento y observar las propias sensaciones sin vergüenza. También significa saber que los cuerpos no son todos iguales y que no necesitan ajustarse a un canon estético para ser deseables.
El conocimiento del cuerpo ayuda a distinguir una sensación agradable de una molestia, a comprender lo que produce placer y a detectar un dolor que merece atención médica.
Sobre todo, permite convertirse poco a poco en la persona mejor situada para hablar de su propio cuerpo.
El consentimiento como conversación
El consentimiento nunca debería presentarse como una formalidad o como una pregunta que se formula una sola vez. Es una conversación que puede evolucionar en cada etapa de una experiencia.
Un consentimiento verdadero debe ser libre, informado, específico y reversible. Decir sí a un beso no significa aceptar automáticamente lo que venga después. Haber practicado algo anteriormente no implica querer repetirlo. Estar en pareja no crea ninguna obligación permanente.
Una persona puede dudar, ralentizar, pedir una pausa o cambiar de opinión. No tiene que justificarse.
Aprender a preguntar «¿Te apetece?», «¿Te gusta?» o «¿Quieres que continúe?» no hace que la intimidad sea menos espontánea. Al contrario, estas preguntas pueden crear más seguridad, confianza y complicidad.
Un sí sincero solo tiene valor cuando el no es realmente posible.
Hablar también del placer
El placer sigue estando demasiado ausente de los discursos sobre educación sexual, como si fuera secundario, incómodo o reservado a determinadas personas.
Sin embargo, hablar del placer permite salir de una visión puramente mecánica de la sexualidad. Ayuda a comprender que la intimidad no se limita a la penetración y que el orgasmo no es una obligación ni la única prueba de que una experiencia haya sido satisfactoria.
El placer puede nacer de un contacto, una mirada, una palabra, una sensación de cercanía o un sentimiento de seguridad. Puede compartirse o vivirse en solitario. Puede ser intenso, discreto, físico, emocional o estar ausente.
Una educación sexual inclusiva debería enseñarnos a explorar sin compararnos y a no convertir el placer en un objetivo de rendimiento.
Lo más importante no es hacerlo «como se supone», sino escuchar las propias sensaciones y las de la otra persona.
Representar todas las identidades y todas las relaciones
Una educación sexual inclusiva no presupone que todo el mundo sea heterosexual, cisgénero, sin discapacidad, esté en pareja o se interese por las mismas prácticas.
Reconoce la diversidad de orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género, anatomías y formas de relación. No reduce a una persona a su cuerpo ni presume sus prácticas a partir de su apariencia o identidad.
También recuerda que algunas personas sienten poca o ninguna atracción sexual, mientras que otras viven un deseo fluctuante. Todas estas experiencias merecen ser escuchadas sin ser juzgadas, corregidas o medicalizadas de inmediato.
Ser inclusivo no significa crear una infinidad de nuevas casillas. Significa dejar suficiente espacio para que cada persona pueda definirse, evolucionar o no definirse.
Deconstruir los roles y el rendimiento
Gran parte de nuestras representaciones íntimas sigue basada en guiones rígidos. Una persona debería tomar siempre la iniciativa. Otra debería estar disponible, resultar seductora o mostrarse receptiva. El deseo debería ser inmediato. Los cuerpos deberían funcionar a la perfección. Cada relación sexual debería terminar en un orgasmo.
Estas expectativas generan presión y a veces nos alejan de nuestras sensaciones reales.
Una educación sexual más completa debería enseñarnos que nadie tiene que representar un papel impuesto. Se puede tomar la iniciativa un día y preferir dejarse guiar al siguiente. Se puede necesitar tiempo, suavidad, palabras o silencio.
Una intimidad satisfactoria no se mide por su duración, su frecuencia o el número de prácticas experimentadas. Se construye a partir de la escucha, la confianza y la libertad de no tener que demostrar nada.
Saber reconocer la incomodidad y pedir ayuda
La educación sexual también debe ofrecer referencias para identificar situaciones preocupantes.
El dolor nunca debería considerarse una etapa normal que hay que soportar. El miedo, la presión, el chantaje, la insistencia o la culpabilización no son formas de seducción. El silencio, la parálisis o la ausencia de resistencia no constituyen consentimiento.
Todas las personas deberían saber que es legítimo pedir ayuda, consultar a un profesional sanitario o acudir a una organización especializada.
La información encontrada en internet puede abrir una reflexión, pero no sustituye el acompañamiento médico cuando se trata de dolor, síntomas, tratamientos, traumas o situaciones de violencia.
Una educación que continúa toda la vida
A veces pensamos que la educación sexual solo concierne a los adolescentes. Sin embargo, nuestra relación con el cuerpo y el deseo cambia continuamente.
Un encuentro, una separación, un embarazo, una enfermedad, un tratamiento, la menopausia, el envejecimiento o un cambio de vida pueden modificar las sensaciones y las expectativas. Incluso en una relación antigua, siempre es posible descubrir nuevas necesidades y aprender a comunicarse mejor.
Nunca es demasiado tarde para comprender algo que nadie nos había explicado. Nunca es demasiado tarde para marcar un límite, explorar de otra forma o reinventar la intimidad.
Lo que conviene recordar
La educación sexual inclusiva que habríamos merecido no nos habría dado una receta única del placer o del amor. Nos habría transmitido un lenguaje para hablar del cuerpo, las emociones, los límites y los deseos.
Nos habría enseñado que el consentimiento es una conversación, que el placer no se ordena y que no todas las personas viven su sexualidad de la misma manera.
En SoPigalle defendemos una sexualidad curiosa, consciente y libre de cualquier obligación de rendimiento. Una sexualidad en la que sea posible aprender, experimentar, ralentizar y cambiar de opinión.
Porque una intimidad más libre rara vez comienza con una respuesta perfecta. A menudo empieza con una pregunta que por fin nos sentimos autorizados a formular.
Preguntas frecuentes sobre la educación sexual inclusiva
¿Qué es una educación sexual inclusiva?
Es una educación que aborda la salud, el consentimiento, el placer, las emociones y las relaciones sin presuponer una única orientación, identidad, anatomía o modelo de pareja.
¿Por qué debe formar parte el placer de la educación sexual?
Hablar del placer ayuda a conocer mejor el propio cuerpo, expresar preferencias y salir de una visión centrada únicamente en los riesgos o el rendimiento. El placer sigue siendo personal y nunca constituye una obligación.
¿Se puede retirar el consentimiento durante una experiencia?
Sí. El consentimiento puede retirarse en cualquier momento. Una persona puede ralentizar, pedir una pausa, rechazar una práctica o cambiar de opinión sin tener que justificarse.